El convento de la Merced

Retrocedemos en el tiempo para hablaros de un convento que se encontraba en la conocida Plaza de Tirso de Molina hace más de 800 años y que fue derribado, pero que sigue formando parte de nuestra historia. Fue uno de los mejores conventos de Madrid por la gran cantidad de obras de arte que poseía.

Su historia:

El 4 de agosto de 1564 se finalizo su construcción, que había durado casi doscientos años, para la Orden de la Merced. Orden fundada en 1218 por san Pedro Nolasco en Barcelona, destinada a la redención de cautivos cristianos capturados en las razzias musulmanas durante la reconquista. Entre sus paredes vivió fray Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, cuya celda se hallaba en la esquina de las actuales calles de Conde de Romanones y Colegiata, antigua calle del Burro. Es por esto que el dramaturgo decía «me parece que burro soy desde que he venido a este convento».

La iglesia, una de las más grandes de Madrid, estaba compuesta de tres naves y varias capillas a los lados, entre ellas las de los Remedios y San Ramón Nonato. La iglesia, la capilla mayor y el convento estuvieron bajo el patronato de don Pedro Franqueza, conde de Villalonga a quien, al caer en desgracia, le sucedió en 1611 doña Mencía de la Cerda y Bobadilla, hija de los condes de Chinchón y esposa de don Fernando Cortés, tercer marqués del Valle y nieto del conquistador de Méjico. Ambos fueron enterrados en un mausoleo en centro de la capilla mayor.

El convento tenía tres pisos, con espacio para algo más de cien religiosos. Disponía de un claustro grande, realizado a semejanza del segundo claustro del monasterio de El Escorial, un precioso jardín con una fuente en el centro, conocida como “La Joya de Madrid”, y otro de menor tamaño al que solo tenían acceso los frailes. El monasterio contaba además con enfermería, botica, imprenta y tahona entre otros servicios. Fue desalojado por orden José I en agosto de 1809 siendo saqueado por los franceses. Los frailes regresaron a él en 1814 aunque por poco tiempo. Con la desamortización de Mendizábal de 1836, el convento fue derribado cuatro años más tarde y las obras de arte se dispersaron.

El 2 de septiembre de 1920 se hallaron más de doscientos restos humanos en las obras de construcción de la estación de Tirso de Molina. Era lógico que aparecieran pues los frailes, siguiendo la costumbre española, eran enterrados en la iglesia y claustros del convento. Como os contamos en la leyenda de los fantasmas de Tirso de Molina dichos restos quedaron bajo las vías de la estación y tapados por azulejos.

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